
LOS CINCO PRINCIPIOS DEL PLACER
Sus manos eran curtidas pero sus dedos contrastaban con esas uñas perfectamente pulidas. A las 4 en punto se cortó la uña del dedo pulgar, del dedo índice, del corazón, del anular y del meñique. Las dejó justo a ras de piel y las limó cuidadosamente. Siempre tenía especial cuidado con el dedo corazón, era su predilecto. Era el dedo que le impidió dedicarse a tocar el piano cuando tenía 19 años, era el dedo con el cual mostraba orgullosamente su desacuerdo ante ciertas conductas al volante y por supuesto era el dedo que servía para que el coño de ellas no dejara de chorrear.
A ella también le encantaba limar sus uñas con cariño y esmero. Luego, sin ninguna prisa, pintarlas de color mora: primero la del pulgar, después el índice, después el corazón, después el anular y para acabar el meñique.
Aquella noche la chica de las uñas color mora no estaba para bromas: debajo de la falda, que tenía el vuelo suficiente para abrirse de piernas en el momento adecuado, no llevaba bragas.
En el metro hacía un calor insoportable así que se aireó un poco enseñando lo que escondía entre las piernas a la parejita que no paraba de mirarla. Que divertido es hacer sonrojar a las mujeres -pensó- y más aún poner en evidencia a sus al cerdo de su novio. Éste se las daba de machito pero como la mayoría obreros sólo era capaz de tirarle "piropos" protegido por las alturas del andamio.
Él sabía que detrás de las letras que leía en su pantalla no había una persona. Aquella noche iba a descubrirla, a respirar su aroma, a beber sus jugos y comer sus carnes. Llegó al restaurante árabe y después de preguntar se adentró hasta la alfombra roja de la mesa que ella había reservado. Todo como había imaginado, ahora sólo le quedaba esperar allí sentado hasta que ella llegara, esperar allí sentado tanto tiempo como ella quisiera hacerle sufrir.
Ella tardó diez minutos de reloj en aparecer por la puerta, se quitó los zapatos y mostró orgullosa sus pies desnudos. Si no llevaba bragas, no se merecían menos sus pies. Se dirigió hacía la mesa que había reservado: su mesa predilecta, resguardada de la bullicie pero sin estar totalmente separada del resto. Y con una sonrisa maliciosa se colocó ante él, que se levantó del suelo caballerosamente. Pero ella le indicó con la mano que no era necesario.
Sabían porque estaban allí, así que no hicieron falta muchas palabras para entenderse. Gracias al cuscús él pudo saber a que sabían las pícaras uñas color mora. Ella no fue menos y también probó los dedos de él: primero el meñique con fingida timidez, después el anular con dulce inocencia, luego el corazón traviesamente para pasar al índice con descaro y finalmente disfrutar avidamente de su pulgar. Su intención no era ponerle caliente sino hacerle explotar.
Él no paraba de pensar en como sabrían los dedos de mora de los pies de ella, pero le daba cierta vergüenza hacerlo frente a toda la gente que había ido llenando el local. Ella al verlo titubeante se sentó sobre su muslo, y le indicó que inspeccionara su entrepierna para que pudiera comprobar la suavidad de sus labios delicadamente rasurados. Así acercó el dedo índice a la boca de ella no justamente para que pudiera admirar la perfección de su manicura. Pero ella le susuró: "no hace falta, mi coño está más que mojado". Así: el dedo índice jugueteó con el clítoris que le esperaba ávido de mimos, el dedo corazón se deslizó lentamente por la lúbrica vulva formando circumferencias de placer y el dedo anular no pudo resistir hurgar en su culo.
Mientras tanto ella mordía su labio inferiror para no perder la consciencia de que aquello sucedía y encogía los dedos de los pies como si eso la ayudara a elevarse. Despacio susurró en la oreja de él: no entiendo en que estaría pensando Dios cuando os dotó de polla si yo os había bendecido con pulgar, índice, corazón, anular y meñique.